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Las niñas ya no necesitan ayuda. ¿O sí? Susana de bebé en un andador

Cómo la pregunta de una lectora me hizo reflexionar sobre la diferencia entre lo necesario y lo importante.

«Las mujeres ya no necesitan ayuda».

Eso es, más o menos, lo que me escribió la semana pasada una lectora de mi newsletter. Con cariño, y con una pregunta sincera detrás. Había visto que apoyo a GFS, una organización que acompaña a niñas y jóvenes en Gales e Inglaterra, y me preguntaba: ¿por qué solo a mujeres? Hoy la mayoría de las mujeres son fuertes, independientes y capaces. Cualquier persona, hombre o mujer, puede necesitar sentirse segura, escuchada y valorada.

No me lo tomé a mal. Al contrario, se lo agradecí, porque es una pregunta que yo ya me había hecho.

¿Derechos o privilegios?

Hace unas semanas respondí a una entrevista, y una de las preguntas era qué es importante para mí hoy. Hablando de los derechos de la mujer, escribí sobre los privilegios de los que disfruto ahora y de lo orgullosa que me siento de ellos.

Carlos lo leyó y, apasionado como es, se enfadó conmigo. Le pareció que mi comentario estaba fuera de lugar. «Eso no son privilegios», me dijo. «Son derechos. Es lo normal».

Tiene parte de razón. Son derechos. Pero aun así, los valoro tan intensamente que no puedo evitar verlos como un privilegio. Porque no todo el mundo puede disfrutarlos.

En muchos lugares, estos derechos todavía están lejos de ser lo normal. Hay niñas y mujeres que no pueden estudiar, que no están seguras en su casa, a las que no se escucha ni se paga lo mismo, o que no pueden sentarse a una mesa sin que las hagan sentir fuera de lugar.

E incluso en la sociedad en la que vivo, no siempre se siente normal. Durante buena parte de mi carrera fui la única mujer en la mesa. Recuerdo una comida después de una larga mañana presentando a unos inversores que habían venido de Estados Unidos. Alrededor de la mesa estaban el equipo directivo, mis dos jefes y los inversores. Todos hombres. La conversación pasó de los coches al fútbol y al golf, y me sorprendí contando anécdotas que le había oído a mi marido, solo para encajar.

Entonces mi jefe, riéndose con uno de los inversores, me señaló y dijo: «Bueno, ya tenemos otra». Se refería a que ya había dos mujeres en el consejo. Sonreí. Por dentro estaba furiosa, y me sentí como pez fuera del agua.

Si yo me sentí tan fuera de lugar teniendo un sitio en la mesa, imagina a las niñas que ni siquiera tienen silla. Por eso sé lo mucho que importa que una niña se sienta segura, y que sienta que pertenece. Porque cuando las niñas se sienten seguras, florecen.

Así que sí, las dos cosas son verdad. Muchas mujeres hoy son fuertes e independientes. Y muchas siguen necesitando ayuda.

¿Necesario o importante?

Pero, pensándolo después, me di cuenta de que mi lectora y yo estábamos respondiendo a preguntas distintas. Ella preguntaba si es necesario. Yo respondía si es importante. Y no son lo mismo.

Como ex directora financiera, no puedo evitar verlo en clave de presupuesto. Todo presupuesto tiene las partidas que mantienen la luz encendida: sueldos, alquiler, proveedores. Necesarias. Y luego están las partidas que siempre son las primeras en recortarse cuando las cosas se ponen difíciles: formación, cultura, ese proyecto que nadie pidió pero del que todo el mundo se beneficia. No son necesarias. Y muchas veces son las más importantes de toda la hoja de cálculo.

La vida funciona igual. Hay cosas que no son necesarias y, sin embargo, son importantes. Cuando conectamos con ellas y les damos nuestra atención, algo cambia: nos sentimos motivados, satisfechos, llenos.

El problema es que es fácil vivir solo de lo necesario. Por costumbre, por comodidad, o porque la vida va deprisa y lo necesario siempre grita más fuerte. Sacamos la semana adelante, tachamos casillas y nos preguntamos por qué todo sabe un poco a poco.

¿Qué es lo verdaderamente importante para ti? No es una pregunta que se responda en una tarde. Pero solo con hacértela puedes abrir el camino hacia una vida más plena.

Pero que la cruzada no te devore

Eso sí, hay una trampa, y la aprendí por las malas.

Cuando encontramos algo que nos importa, es fácil volcarnos tanto que nos olvidamos de quien se vuelca. La causa se convierte en cruzada, y la cruzada empieza a comerse nuestro sueño, nuestra salud y nuestra paz. Conozco bien ese camino: pasé años corriendo tan deprisa que ni me di cuenta de lo agotada que estaba.

Y aquí está la ironía. En nuestra propia vida, la primera partida que recortamos cuando las cosas se ponen difíciles suele ser la nuestra: nuestro descanso, nuestro tiempo, lo que nos llena. No es necesario, nos decimos. Y, sin embargo, es la partida más importante de todas.

Cuidarte no es egoísta. Tampoco es narcisista. Es proteger lo más valioso que tenemos: nuestra esencia. Porque solo cuando nos cuidamos podemos dar de verdad lo importante al mundo de fuera.

Al final de mi libro La confianza está sobrevalorada escribí que no siempre me sentiré segura de mí misma, pero que, pase lo que pase, confío en que estaré ahí para mí. Para mí, ese es el verdadero cambio. No se trata de ser más dura ni de tener más confianza. Se trata de ser mejor compañía para nosotros mismos. Nuestro mejor amigo.

Y volviendo a mi lectora

¿Siguen necesitando ayuda las mujeres? Algunas sí, otras no, y las que no pueden ser las que ayudan. Para mí, ese es todo el sentido de una tarde como The Wonderful Women Movement en Cardiff este miércoles: mujeres que impulsan a niñas, no porque sean débiles, sino porque sentirse seguras les da espacio para llegar a ser quienes son. Y, algún día, para ocupar su sitio en la mesa sin tener que tomar prestadas las historias de nadie.

Y gracias a la lectora que me escribió. Las preguntas hechas con respeto son un regalo. Esta me ha dado un artículo entero.

Ahora me encantaría leerte: ¿qué es importante en tu vida, aunque no sea necesario? ¿Y tiene sitio en tu presupuesto, sin que te recortes a ti por el camino?